Cuando pensamos en la palabra «incertidumbre», casi siempre la asociamos con miedo, inseguridad o falta de control. Nos hace imaginar escenarios negativos y sentir que necesitamos certezas absolutas para estar tranquilos. Sin embargo, la incertidumbre es una parte inevitable de la vida, y aprender a convivir con ella es clave para nuestro bienestar. Aceptar que no todo está bajo nuestro control no significa rendirse, sino confiar en nuestras capacidades para adaptarnos a lo que venga.
¿Qué es la incertidumbre?
La incertidumbre aparece cuando no sabemos qué pasará en el futuro. Puede estar en muchos ámbitos:
- Personal: un cambio de ciudad, una decisión sobre la pareja o la salud.
- Profesional: no tener claro si conservarás tu empleo o si acertarás en un proyecto.
- Global: crisis económicas, pandemias, conflictos.
Ante lo desconocido, nuestra mente tiende a rellenar los huecos con preocupaciones. Sentimos que así nos “preparamos”, pero en realidad lo que conseguimos es más ansiedad y menos claridad.
¿Por qué nos cuesta tanto tolerarla?
Lo que más nos angustia no es el futuro en sí, sino no poder anticiparlo. Algunas creencias frecuentes son:
- «Si algo malo puede pasar, debo estar preocupado para estar preparado».
- «No saber qué ocurrirá es horrible, necesito seguridad absoluta».
El problema es que preocuparse no evita que algo suceda. Al contrario, nos roba energía y nos impide afrontar las situaciones con serenidad.
¿Cómo entrenar la tolerancia a la ambigüedad?
La incertidumbre no se elimina, pero sí podemos aprender a llevarla mejor:
- Diferencia lo que puedes controlar de lo que no. Pregúntate: “¿Hay algo que pueda hacer ahora mismo?”. Si la respuesta es sí, actúa. Si no, suelta y dirige tu energía a lo que depende de ti.
- Entrena tu flexibilidad Sal poco a poco de tu zona de confort: prueba cosas nuevas, enfréntate a pequeños imprevistos. Así te demuestras que eres capaz y que no necesitas certezas para avanzar.
- Cuestiona los pensamientos catastróficos: ¿tengo pruebas reales de que esto pasará?
- Vuelve al presente. Practicar mindfulness o simplemente centrarte en la actividad que tienes delante ayuda a que la mente no viva atrapada en futuros que todavía no existen.
La incertidumbre también te fortalece
La incertidumbre no es solo una fuente de malestar: también es una oportunidad para crecer. Cada vez que afrontas algo desconocido, desarrollas confianza en ti mismo, flexibilidad y resiliencia. Vivir con incertidumbre no significa vivir con miedo, sino con apertura. Es elegir confiar en que, pase lo que pase, tendrás recursos para enfrentarlo. La próxima vez que la incertidumbre aparezca, en lugar de luchar contra ella, puedes decirte: “No sé qué pasará, pero sé que puedo con ello”. Firmado por: Natalia Villanueva Pariza
