BLOG: SÍNDROME DE DIÓGENES EMOCIONAL

 

“Recuerdos agridulces o dolientes, imágenes mentales que nos avergüenzan, aspiraciones abandonadas, relaciones fallidas…, todas esas cosas que acumulamos a nuestras espaldas y que por algún extraño motivo nos negamos a tirar y hasta sacamos de vez en cuando por simple masoquismo. “ Valeria al desnudo”. Elisabet Benavent (@betacoqueta y en http://www.betacoqueta.com)

         Leyendo este libro se me ocurrió profundizar en este concepto tan familiar y paradójicamente desconocido.
De vez en cuando aparece en las noticias  alguna espectacular noticia de un caso de Diógenes extremo, en el que se
encuentran toneladas y toneladas de basura y objetos inservibles en el domicilio de algún anciano, tras su muerte. La diferencia entre una persona que padece este trastorno de la conducta y una persona “sana” es que ante la misma visión de una habitación con basura hasta el techo, la persona con Diógenes verá que su casa es perfectamente normal mientras que la persona “sana” comenzará rápidamente una limpieza de emergencia.Desorden emocional

         Si hago esta introducción es porque, si bien el Síndrome de Diógenes afecta a una proporción bastante baja de la población, lo que podemos llamar su igual (pero a nivel emocional) afecta a casi la parte complementaria y lo más sorprendente de todo es que no somos conscientes de que lo hacemos. ¿Cuántos de nosotros (yo la primera) hemos guardado alguna vez una entrada de cine, un ticket de una cena o algún recuerdo que compartimos con esa persona que lo hacía especial? o sin llegar siquiera a guardar objetos, más bien ¿hemos evocado en nuestra memoria algún recuerdo placentero o no (dependiendo del estado de ánimo que tengamos ese día) y hemos disfrutado o nos hemos fustigado por aquello que pasó?

         Todos esos objetivos (o vivencias), a primera vista insignificantes, los vamos almacenando, guardando en una cajita y un día, que nos sentimos nostálgicos o melancólicos, los sacamos y empezamos a desempolvar recuerdos…demandamos a nuestra memoria que nos lleve a nuestro primer beso, la primera caricia, la primera vez que sientes mariposas en el estómago, la primera ruptura, la primera vez que nos rompen el corazón, las primeras lágrimas de amor, el regreso de la ilusión con un nuevo amor… y un largo etcétera de emociones y sensaciones que a veces nos consuelan y nos ayudan a aprender que es lo que no hay que hacer. Pero muchas otras veces nos hacen mucho daño.

         En nuestra vida cotidiana tenemos todo bastante organizado y estructurado, agendas, tallas, horarios, listas de la compra (quien las haga porque yo no jeje), citas… Todo parece tan lógico… No se nos ocurriría quedarnos una camisa de la talla 38 que nos han regalado si usamos una talla 44, o lavar los platos en la bañera, llenar los cajones de los armarios de bombillas fundidas, ni tampoco guardar las sobras de la pizza bajo la cama por si el mes que viene tenemos hambre. En estos temas, aprendimos rápidamente y sin dificultad dónde y cómo va cada cosa, lo que sirve y lo que no. Estos actos diarios los realizamos con naturalidad y sin mayor problema.

        Preocupaciones Entonces… ¿Por qué nos cuesta tanto aplicarlo a otros elementos tan importantes?, ¿Por qué nos resulta más difícil discriminar lo importante en nuestra vida de lo que no lo es al igual que hacemos con la bandeja de nuestro correo electrónico? ¿Cuál es la razón de que sea tan complicado deshacernos de los sentimientos que no son útiles o que nos dañan como lo haríamos con un bolígrafo que ya no tiene tinta? ¿Cómo curarse de esa tendencia por acapararlo todo en nuestra mente?

         Deberíamos de vez en cuando limpiar “nuestro ático”, abrirnos y vaciarnos por completo como los cajones de la cocina y quitar las pelusas bajo la alfombra. Un día, de pronto, y sin pensarlo más tirarlo todo al suelo y empezar a poner orden: esto nunca me gustó, a la basura, esto me queda pequeño, fuera, esto me quedaba bien, también fuera, esto no me acordaba de que lo tenía, lo rescato, esto que tanto busqué y estaba bajo todo este montón de basura…

         Y así, tan fácil, deshacernos de lo malo, recuperar y guardar lo bueno, y tener bien a la vista lo mejor (lo que nos hace sentir más orgullosos) para que no se nos olvide. Y después ir en busca de la escoba y el recogedor, dar una última pasada, y dejarlo todo impecable, perfumado y sentarse sintiéndote satisfecho después del gran trabajo.

         A veces, hay que aprender a “olvidar”. Hay que saber seleccionar los recuerdos y despedirnos de aquellos que no son útiles y nos frenan.

         Limpia de vez en cuando tu memoria. Tan sólo inténtalo. Guarda lo bueno,  las enseñanzas de la vida como algo útil y no dañino. Olvida aquello que te remueve tanto que te produce dolor en el alma. Si dejas espacio para acumular nuevas experiencias, nuevos recuerdos… volverás a vivir con intensidad.

“La vida nunca dejará de enseñarte mientras tú quieras seguir aprendiendo” (Anónimo)

Autora: Eva Lorenzo de Heras